Cuando
llego a la sala de espera, mis cosas están allí. En realidad, solo llevo una
pequeña mochila con ropa interior y ya. Me siento en uno de los sillones y
espero a que me saquen de aquí por fin.
Las 19:00,
sabía que se retrasarían. Mientras espero, me pongo a pensar en que haré cuando
esté fuera. Recuerdo lo que me dijo Leslie una vez. Me dijo que cuando saliera
de aquí, el mundo real sería muy duro. Todos me mirarían, unos con cara de
desprecio, otros me mirarían como si fuera una enferma y otros con pena. No sé
que es peor.
Leslie era
una chica que salió de la clínica hace unos 3 meses, más o menos. Era lo más
parecido a una amiga que tuve aquí. Desde que salió, no supe nada más de ella.
Me dio su dirección, tal vez vaya algún día a verla. Leslie era una chica muy
inteligente, me parecía raro como ella podía haber acabado en un sitio como
este. Siempre me ayudaba cuando pensaba que no podía más y me animaba. Gracias
a ella, conseguí que cuando saliera de aquí mis padres me llevaran a un nuevo
instituto, aunque lo de cambiar de ciudad no funcionara.
También
recuerdo lo que me dijo y que me ayudó a salir adelante. Fue
uno de los primeros días que estuve aquí, cuando la conocí. Yo estaba totalmente
atada a una máquina, luchando entre la vida y la muerte, cuando ella entró en
mi habitación. Cuando le pregunté que quién era y que si no me conocía, no
tenía porqué estar allí, ella me dijo: “Da igual quién seas o si
te conozco, lo importante es que quiero que vivas”, desde entonces vino a visitarme todos los días. Ahora que lo pienso bien,
echo mucho de menos a Leslie.
19:23, la
impuntualidad tiene sus límites. Cuando estoy decidida de que no vendrán, el
señor Thompson aparece por la puerta, solo, cosa que es muy extraña.
Cuando me
ve, se acerca a darme un abrazo y yo intento fingir un poco de entusiasmo.
Desearía preguntarle donde está mi madre, pero no lo hago.
La vuelta a
casa en coche dura aproximadamente 2 horas. Durante el camino, ninguno de los
dos nos dirigimos la palabra, aunque sé que mi padre a veces me mira de reojo,
pero yo finjo que no me doy cuenta. El viaje se me hace eterno, casi peor que
cuando me llevaban a la clínica. Aunque al fin y al cabo, me están llevando de
un infierno a otro peor. El ambiente en el coche es frío y silencioso, y yo
estoy deseando salir de allí, menos mal que no está la señora Thompson para
gritar.
Al llegar a
casa, abro la puerta y allí está ella, sentada en el sillón esperándome. Al
verme, se levanta rápidamente y se abalanza a abrazarme.
— Mi niña…
— dice casi llorando — Te he echado de menos, ¿cómo estás?
“Está
fingiendo, recuérdalo”, es lo que me dice mi cabeza, porque mi corazón está
empezando a sentir compasión.
— Bien. —
Digo seriamente intentando devolverle el abrazo, aunque sin esforzarme mucho.
— Tenemos
mucho de que hablar, pero seguro que estás cansada. A si que en la cena
hablaremos. Si quieres ve a ducharte y a dormir un poco…
Mi madre
tiene miedo, lo veo en sus ojos, en sus palabras. Antes de llevarme a la
clínica, no me dejaba ni dormir sola, decía que tenía miedo de despertar un día
y encontrarme muerta. No le faltaban razones.
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