jueves, 26 de abril de 2012

Mantén la calma.


Cuando llego a la sala de espera, mis cosas están allí. En realidad, solo llevo una pequeña mochila con ropa interior y ya. Me siento en uno de los sillones y espero a que me saquen de aquí por fin.
Las 19:00, sabía que se retrasarían. Mientras espero, me pongo a pensar en que haré cuando esté fuera. Recuerdo lo que me dijo Leslie una vez. Me dijo que cuando saliera de aquí, el mundo real sería muy duro. Todos me mirarían, unos con cara de desprecio, otros me mirarían como si fuera una enferma y otros con pena. No sé que es peor.
Leslie era una chica que salió de la clínica hace unos 3 meses, más o menos. Era lo más parecido a una amiga que tuve aquí. Desde que salió, no supe nada más de ella. Me dio su dirección, tal vez vaya algún día a verla. Leslie era una chica muy inteligente, me parecía raro como ella podía haber acabado en un sitio como este. Siempre me ayudaba cuando pensaba que no podía más y me animaba. Gracias a ella, conseguí que cuando saliera de aquí mis padres me llevaran a un nuevo instituto, aunque lo de cambiar de ciudad no funcionara.
También recuerdo lo que me dijo y que me ayudó a salir adelante. Fue uno de los primeros días que estuve aquí, cuando la conocí. Yo estaba totalmente atada a una máquina, luchando entre la vida y la muerte, cuando ella entró en mi habitación. Cuando le pregunté que quién era y que si no me conocía, no tenía porqué estar allí, ella me dijo: “Da igual quién seas o si te conozco, lo importante es que quiero que vivas”, desde entonces vino a visitarme todos los días. Ahora que lo pienso bien, echo mucho de menos a Leslie.
19:23, la impuntualidad tiene sus límites. Cuando estoy decidida de que no vendrán, el señor Thompson aparece por la puerta, solo, cosa que es muy extraña.
Cuando me ve, se acerca a darme un abrazo y yo intento fingir un poco de entusiasmo. Desearía preguntarle donde está mi madre, pero no lo hago.
La vuelta a casa en coche dura aproximadamente 2 horas. Durante el camino, ninguno de los dos nos dirigimos la palabra, aunque sé que mi padre a veces me mira de reojo, pero yo finjo que no me doy cuenta. El viaje se me hace eterno, casi peor que cuando me llevaban a la clínica. Aunque al fin y al cabo, me están llevando de un infierno a otro peor. El ambiente en el coche es frío y silencioso, y yo estoy deseando salir de allí, menos mal que no está la señora Thompson para gritar.
Al llegar a casa, abro la puerta y allí está ella, sentada en el sillón esperándome. Al verme, se levanta rápidamente y se abalanza a abrazarme.
— Mi niña… — dice casi llorando — Te he echado de menos, ¿cómo estás?
“Está fingiendo, recuérdalo”, es lo que me dice mi cabeza, porque mi corazón está empezando a sentir compasión.
— Bien. — Digo seriamente intentando devolverle el abrazo, aunque sin esforzarme mucho.
— Tenemos mucho de que hablar, pero seguro que estás cansada. A si que en la cena hablaremos. Si quieres ve a ducharte y a dormir un poco…
Mi madre tiene miedo, lo veo en sus ojos, en sus palabras. Antes de llevarme a la clínica, no me dejaba ni dormir sola, decía que tenía miedo de despertar un día y encontrarme muerta. No le faltaban razones.

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