viernes, 27 de abril de 2012

Es solo el principio.


Sin contestar, subo las escaleras y entro a mi habitación. Me gustaría poder decir que todo está como lo deje, pero mentiría. A penas parece mi habitación. En una de las sesiones con la doctora Monroe, mi psicóloga, la doctora les dijo a mis padres que debían deshacerse de cualquier cosa que pudiera recordarme algo malo de mi ‘antigua vida’.
Me dirijo a mi escritorio. Quito el segundo cajón y, como me suponía, no está. Mi viejo diario, al que le contaba mis secretos más oscuros, al que le contaba mis torturas diarias. No estaba. Creo que mi madre tomó la decisión de encerrarme en la clínica cuando lo encontró y leyó todos mis pensamientos. Pensaría que estaba loca, y tenía motivos.
Voy al cuarto de baño para darme una ducha. Como me imaginaba, la báscula no está, otra idea de la doctora Monroe. Esta habitación es la que peores recuerdos me trae. Es aquí donde más me torturé y sufrí, en un insignificante cuarto de baño.
Estoy desnuda, en frente del espejo, mirándome fijamente. Me veo pero no me veo. Es así como lo describió Danny. Me dijo que no hiciera caso a mi cabeza y dejara hablar a mi corazón, ¿pero que me está diciendo mi corazón? Nada. Solo se ríe de mí y juega con mis sentimientos.
Cuando termino de ducharme, bajo a la cocina. Que bien huele, pero no. Espera, cállate cabeza. Mi corazón me está diciendo que cumpla mis promesas. ¿Hace cuánto que no como algo decente? Lo haré, pero sin abusar, eso es.
Me siento en la mesa. La señora Thompson a mi lado derecho y su marido a mi izquierda. En mi plato hay lo que era mi comida favorita, arroz con tomate y salchicha. Hacía meses que no comía. En a clínica solo nos daban de comer sopas, ensaladas y cosas por el estilo y, sinceramente, así no me animaban a comer.
Cojo el tenedor, callo a mi cabeza y me pongo a comer. Recuerdo cuando empecé a hacer 5 comidas al día al llegar a la clínica, la garganta me ardía con cada bocado. Tras unos veinte minutos, dejo de comer. Me lo he comido casi todo, me siento… ¿orgullosa? Puede ser. La verdad es que una chica con el estómago tan pequeño como el mío no puede comer mucho más, es lo que le dijo el médico a mi madre el día de la desgracia. Mi madre me encontró inconsciente en mi habitación y tras unos días desperté en el hospital. Allí, mientras me hacía la dormida, escuchaba al médico como le decía a mi madre que mi estómago se había reducido y que nunca llegaría a volver a ser de tamaño normal, pero había que intentar abrirlo lo máximo posible, fue entonces cuando se decidieron a encerrarme.
La cena ha sido muy silenciosa, como esperaba.
— ¿No tienes nada que contarnos? — La señora Thompson es especialista en romper silencios.
— No… — Últimamente mis respuestas se limitan a ‘sí’ o ‘no’. — Bueno, mamá, ¿puedo ir mañana a visitar a una amiga?
Sé que le ha hecho ilusión que la llame ‘mamá’.
— Claro cielo, ¿quieres que te acompañe?
— No, cogeré un tren.
También sé que sigue sin hacerle gracia que esté sola en cualquier sitio, pero debe confiar en mí.
— Está bien… ¿Y a qué amiga vas a visitar? Pensaba que…
— ¿Qué no me quedaban amigas? — Sonrío fingiendo despreocupación, es normal que lo pensara. En realidad, no tengo, pero quiero visitar a Leslie, ver como está.
Sin darle tiempo a contestar, me levanto y voy a mi habitación la intención de dormir en una cama de verdad aunque solo sean las 21:30 de la noche.

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