Sin
contestar, subo las escaleras y entro a mi habitación. Me gustaría poder decir
que todo está como lo deje, pero mentiría. A penas parece mi habitación. En una
de las sesiones con la doctora Monroe, mi psicóloga, la doctora les dijo a mis
padres que debían deshacerse de cualquier cosa que pudiera recordarme algo malo
de mi ‘antigua vida’.
Me dirijo a
mi escritorio. Quito el segundo cajón y, como me suponía, no está. Mi viejo
diario, al que le contaba mis secretos más oscuros, al que le contaba mis
torturas diarias. No estaba. Creo que mi madre tomó la decisión de encerrarme
en la clínica cuando lo encontró y leyó todos mis pensamientos. Pensaría que
estaba loca, y tenía motivos.
Voy al
cuarto de baño para darme una ducha. Como me imaginaba, la báscula no está,
otra idea de la doctora Monroe. Esta habitación es la que peores recuerdos me
trae. Es aquí donde más me torturé y sufrí, en un insignificante cuarto de
baño.
Estoy
desnuda, en frente del espejo, mirándome fijamente. Me veo pero no me veo. Es
así como lo describió Danny. Me dijo que no hiciera caso a mi cabeza y dejara
hablar a mi corazón, ¿pero que me está diciendo mi corazón? Nada. Solo se ríe
de mí y juega con mis sentimientos.
Cuando
termino de ducharme, bajo a la cocina. Que bien huele, pero no. Espera, cállate
cabeza. Mi corazón me está diciendo que cumpla mis promesas. ¿Hace cuánto que
no como algo decente? Lo haré, pero sin abusar, eso es.
Me siento
en la mesa. La señora Thompson a mi lado derecho y su marido a mi izquierda. En
mi plato hay lo que era mi comida favorita, arroz con tomate y salchicha. Hacía
meses que no comía. En a clínica solo nos daban de comer sopas, ensaladas y cosas
por el estilo y, sinceramente, así no me animaban a comer.
Cojo el
tenedor, callo a mi cabeza y me pongo a comer. Recuerdo cuando empecé a hacer 5
comidas al día al llegar a la clínica, la garganta me ardía con cada bocado.
Tras unos veinte minutos, dejo de comer. Me lo he comido casi todo, me siento…
¿orgullosa? Puede ser. La verdad es que una chica con el estómago tan pequeño
como el mío no puede comer mucho más, es lo que le dijo el médico a mi madre el
día de la desgracia. Mi madre me encontró inconsciente en mi habitación y tras
unos días desperté en el hospital. Allí, mientras me hacía la dormida,
escuchaba al médico como le decía a mi madre que mi estómago se había reducido
y que nunca llegaría a volver a ser de tamaño normal, pero había que intentar
abrirlo lo máximo posible, fue entonces cuando se decidieron a encerrarme.
La cena ha
sido muy silenciosa, como esperaba.
— ¿No
tienes nada que contarnos? — La señora Thompson es especialista en romper
silencios.
— No… —
Últimamente mis respuestas se limitan a ‘sí’ o ‘no’. — Bueno, mamá, ¿puedo ir
mañana a visitar a una amiga?
Sé que le
ha hecho ilusión que la llame ‘mamá’.
— Claro
cielo, ¿quieres que te acompañe?
— No,
cogeré un tren.
También sé
que sigue sin hacerle gracia que esté sola en cualquier sitio, pero debe
confiar en mí.
— Está
bien… ¿Y a qué amiga vas a visitar? Pensaba que…
— ¿Qué no
me quedaban amigas? — Sonrío fingiendo despreocupación, es normal que lo
pensara. En realidad, no tengo, pero quiero visitar a Leslie, ver como está.
Sin darle
tiempo a contestar, me levanto y voy a mi habitación la intención de dormir en
una cama de verdad aunque solo sean las 21:30 de la noche.
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