El reloj
marca las 11:25. ¿Tanto he dormido? Que bien sienta dormir sin que ningún
enfermero te despierte todas las mañanas a la misma hora.
Bajo a la
cocina a desayunar y veo que han comprado churros, saben que me encantan. Me
preparo un zumo de naranja y cojo solo un churro, “comer sin abusar, poco a
poco”, me recuerda mi cabeza.
Tengo
pensado coger el tren de las 12:30, a si que voy bien de tiempo para
arreglarme.
Aunque hace
calor, me pongo ancha que no muestre mi cuerpo. Quiero pasar desapercibida. No
quiero que me señalen por estar gorda, no quiero que me miren por estar
delgada. Aunque sé que no debería importarme lo que piensen los demás, ¿a quién
voy a engañar? Me importa.
Antes de
salir de casa, me miro por última vez en el espejo. “Estoy horrible”, pienso.
Pero antes de poder pensar más, salgo por la puerta.
Llego justo
a tiempo para coger el tren. Me siento, estoy un poco fatigada porque he tenido
que hacer una pequeña carrera para no perder el tren. En frente mía se sienta
una pareja de, más o menos, mi misma edad. El chico, un chaval gracioso y la
chica es lo que yo hubiera llamado hace unos meses ‘una morsa de tierra’, pero
ya no. A la clínica, algunas veces al mes venía una mujer, la doctora Harrison.
Era una mujer que cuando venía, llenaba de alegría la clínica. Nos enseñó a no
pesar a las personas por kilos, sino por sonrisas. Nos enseñó, o por lo menos
lo intentó, a encontrar la verdadera belleza de una persona, que está en el
interior.
Creo que la
doctora Harrison me ayudó mucho. Aunque yo no me valore a mí misma, me ayudó a
querer a los demás, a mirar más allá de las capas de piel y grasa que los
cubren.
El trayecto
en tren dura menos de una hora. Al salir en la estación, me veo obligada a
preguntar por la calle de Lelsie porque la verdad, no tengo ni idea de donde
estoy.
Al pasar
por una calle, veo a una niña de unos 7 años sentada en la acera llorando
porque parece ser que sus amigos se ríen de ella. Me recuerda a mí. Cuando los
niños malos de mi colegio me insultaban y se burlaban de mí. En realidad, yo
nunca fui una niña gorda, pero me hicieron creer que sí y… eso.