domingo, 29 de abril de 2012

Eres fuerte.


El reloj marca las 11:25. ¿Tanto he dormido? Que bien sienta dormir sin que ningún enfermero te despierte todas las mañanas a la misma hora.
Bajo a la cocina a desayunar y veo que han comprado churros, saben que me encantan. Me preparo un zumo de naranja y cojo solo un churro, “comer sin abusar, poco a poco”, me recuerda mi cabeza.
Tengo pensado coger el tren de las 12:30, a si que voy bien de tiempo para arreglarme.
Aunque hace calor, me pongo ancha que no muestre mi cuerpo. Quiero pasar desapercibida. No quiero que me señalen por estar gorda, no quiero que me miren por estar delgada. Aunque sé que no debería importarme lo que piensen los demás, ¿a quién voy a engañar? Me importa.
Antes de salir de casa, me miro por última vez en el espejo. “Estoy horrible”, pienso. Pero antes de poder pensar más, salgo por la puerta.
Llego justo a tiempo para coger el tren. Me siento, estoy un poco fatigada porque he tenido que hacer una pequeña carrera para no perder el tren. En frente mía se sienta una pareja de, más o menos, mi misma edad. El chico, un chaval gracioso y la chica es lo que yo hubiera llamado hace unos meses ‘una morsa de tierra’, pero ya no. A la clínica, algunas veces al mes venía una mujer, la doctora Harrison. Era una mujer que cuando venía, llenaba de alegría la clínica. Nos enseñó a no pesar a las personas por kilos, sino por sonrisas. Nos enseñó, o por lo menos lo intentó, a encontrar la verdadera belleza de una persona, que está en el interior.
Creo que la doctora Harrison me ayudó mucho. Aunque yo no me valore a mí misma, me ayudó a querer a los demás, a mirar más allá de las capas de piel y grasa que los cubren.
El trayecto en tren dura menos de una hora. Al salir en la estación, me veo obligada a preguntar por la calle de Lelsie porque la verdad, no tengo ni idea de donde estoy.
Al pasar por una calle, veo a una niña de unos 7 años sentada en la acera llorando porque parece ser que sus amigos se ríen de ella. Me recuerda a mí. Cuando los niños malos de mi colegio me insultaban y se burlaban de mí. En realidad, yo nunca fui una niña gorda, pero me hicieron creer que sí y… eso.

viernes, 27 de abril de 2012

Es solo el principio.


Sin contestar, subo las escaleras y entro a mi habitación. Me gustaría poder decir que todo está como lo deje, pero mentiría. A penas parece mi habitación. En una de las sesiones con la doctora Monroe, mi psicóloga, la doctora les dijo a mis padres que debían deshacerse de cualquier cosa que pudiera recordarme algo malo de mi ‘antigua vida’.
Me dirijo a mi escritorio. Quito el segundo cajón y, como me suponía, no está. Mi viejo diario, al que le contaba mis secretos más oscuros, al que le contaba mis torturas diarias. No estaba. Creo que mi madre tomó la decisión de encerrarme en la clínica cuando lo encontró y leyó todos mis pensamientos. Pensaría que estaba loca, y tenía motivos.
Voy al cuarto de baño para darme una ducha. Como me imaginaba, la báscula no está, otra idea de la doctora Monroe. Esta habitación es la que peores recuerdos me trae. Es aquí donde más me torturé y sufrí, en un insignificante cuarto de baño.
Estoy desnuda, en frente del espejo, mirándome fijamente. Me veo pero no me veo. Es así como lo describió Danny. Me dijo que no hiciera caso a mi cabeza y dejara hablar a mi corazón, ¿pero que me está diciendo mi corazón? Nada. Solo se ríe de mí y juega con mis sentimientos.
Cuando termino de ducharme, bajo a la cocina. Que bien huele, pero no. Espera, cállate cabeza. Mi corazón me está diciendo que cumpla mis promesas. ¿Hace cuánto que no como algo decente? Lo haré, pero sin abusar, eso es.
Me siento en la mesa. La señora Thompson a mi lado derecho y su marido a mi izquierda. En mi plato hay lo que era mi comida favorita, arroz con tomate y salchicha. Hacía meses que no comía. En a clínica solo nos daban de comer sopas, ensaladas y cosas por el estilo y, sinceramente, así no me animaban a comer.
Cojo el tenedor, callo a mi cabeza y me pongo a comer. Recuerdo cuando empecé a hacer 5 comidas al día al llegar a la clínica, la garganta me ardía con cada bocado. Tras unos veinte minutos, dejo de comer. Me lo he comido casi todo, me siento… ¿orgullosa? Puede ser. La verdad es que una chica con el estómago tan pequeño como el mío no puede comer mucho más, es lo que le dijo el médico a mi madre el día de la desgracia. Mi madre me encontró inconsciente en mi habitación y tras unos días desperté en el hospital. Allí, mientras me hacía la dormida, escuchaba al médico como le decía a mi madre que mi estómago se había reducido y que nunca llegaría a volver a ser de tamaño normal, pero había que intentar abrirlo lo máximo posible, fue entonces cuando se decidieron a encerrarme.
La cena ha sido muy silenciosa, como esperaba.
— ¿No tienes nada que contarnos? — La señora Thompson es especialista en romper silencios.
— No… — Últimamente mis respuestas se limitan a ‘sí’ o ‘no’. — Bueno, mamá, ¿puedo ir mañana a visitar a una amiga?
Sé que le ha hecho ilusión que la llame ‘mamá’.
— Claro cielo, ¿quieres que te acompañe?
— No, cogeré un tren.
También sé que sigue sin hacerle gracia que esté sola en cualquier sitio, pero debe confiar en mí.
— Está bien… ¿Y a qué amiga vas a visitar? Pensaba que…
— ¿Qué no me quedaban amigas? — Sonrío fingiendo despreocupación, es normal que lo pensara. En realidad, no tengo, pero quiero visitar a Leslie, ver como está.
Sin darle tiempo a contestar, me levanto y voy a mi habitación la intención de dormir en una cama de verdad aunque solo sean las 21:30 de la noche.

jueves, 26 de abril de 2012

Mantén la calma.


Cuando llego a la sala de espera, mis cosas están allí. En realidad, solo llevo una pequeña mochila con ropa interior y ya. Me siento en uno de los sillones y espero a que me saquen de aquí por fin.
Las 19:00, sabía que se retrasarían. Mientras espero, me pongo a pensar en que haré cuando esté fuera. Recuerdo lo que me dijo Leslie una vez. Me dijo que cuando saliera de aquí, el mundo real sería muy duro. Todos me mirarían, unos con cara de desprecio, otros me mirarían como si fuera una enferma y otros con pena. No sé que es peor.
Leslie era una chica que salió de la clínica hace unos 3 meses, más o menos. Era lo más parecido a una amiga que tuve aquí. Desde que salió, no supe nada más de ella. Me dio su dirección, tal vez vaya algún día a verla. Leslie era una chica muy inteligente, me parecía raro como ella podía haber acabado en un sitio como este. Siempre me ayudaba cuando pensaba que no podía más y me animaba. Gracias a ella, conseguí que cuando saliera de aquí mis padres me llevaran a un nuevo instituto, aunque lo de cambiar de ciudad no funcionara.
También recuerdo lo que me dijo y que me ayudó a salir adelante. Fue uno de los primeros días que estuve aquí, cuando la conocí. Yo estaba totalmente atada a una máquina, luchando entre la vida y la muerte, cuando ella entró en mi habitación. Cuando le pregunté que quién era y que si no me conocía, no tenía porqué estar allí, ella me dijo: “Da igual quién seas o si te conozco, lo importante es que quiero que vivas”, desde entonces vino a visitarme todos los días. Ahora que lo pienso bien, echo mucho de menos a Leslie.
19:23, la impuntualidad tiene sus límites. Cuando estoy decidida de que no vendrán, el señor Thompson aparece por la puerta, solo, cosa que es muy extraña.
Cuando me ve, se acerca a darme un abrazo y yo intento fingir un poco de entusiasmo. Desearía preguntarle donde está mi madre, pero no lo hago.
La vuelta a casa en coche dura aproximadamente 2 horas. Durante el camino, ninguno de los dos nos dirigimos la palabra, aunque sé que mi padre a veces me mira de reojo, pero yo finjo que no me doy cuenta. El viaje se me hace eterno, casi peor que cuando me llevaban a la clínica. Aunque al fin y al cabo, me están llevando de un infierno a otro peor. El ambiente en el coche es frío y silencioso, y yo estoy deseando salir de allí, menos mal que no está la señora Thompson para gritar.
Al llegar a casa, abro la puerta y allí está ella, sentada en el sillón esperándome. Al verme, se levanta rápidamente y se abalanza a abrazarme.
— Mi niña… — dice casi llorando — Te he echado de menos, ¿cómo estás?
“Está fingiendo, recuérdalo”, es lo que me dice mi cabeza, porque mi corazón está empezando a sentir compasión.
— Bien. — Digo seriamente intentando devolverle el abrazo, aunque sin esforzarme mucho.
— Tenemos mucho de que hablar, pero seguro que estás cansada. A si que en la cena hablaremos. Si quieres ve a ducharte y a dormir un poco…
Mi madre tiene miedo, lo veo en sus ojos, en sus palabras. Antes de llevarme a la clínica, no me dejaba ni dormir sola, decía que tenía miedo de despertar un día y encontrarme muerta. No le faltaban razones.

miércoles, 25 de abril de 2012

Nueva vida.


Hola, me llamo Eleanor Thompson, aunque antes todos me solían conocer por El. Tengo 16 años y hoy, mi vida va a volver a cambiar, pero no estoy muy segura de si va a cambiar a mejor o a peor.
El señor y la señora Thompson, a los que antes conocía como papá y mamá, vienen a sacarme de aquí tras 6 meses encerrada. Prometieron venir a visitarme todas las semanas. Al principio lo cumplían, pero siempre que venían acabábamos peleados, por lo que tras varias semanas, se olvidaron de mi.
La idea de encerrarme aquí fue de la señora Thompson. Desde ese mismo día supe que nunca volveríamos a ser una familia normal. Ahora, me toca volver a convivir con ellos todos los días, fingir que estoy bien y que soy una chica normal. “Solo dos años más, hasta que cumplas 18”, me dice mi cabeza, pero no creo que sobreviva para entonces.
El doctor Stewart me aconsejó que antes de irme, le hiciera una visita para asegurarse de que todo iba bien. Danny, como me dijo hace unos meses que lo llamara, es un gran médico con mucha experiencia para tener a penas 27 años, además de ser la única persona que consigue sacarme una sonrisa estando aquí.
Al llegar a su consulta, me siento donde siempre y él me mira con sus preciosos ojos azules y me dedica una de sus enormes sonrisas blancas.
— ¿Tienes ganas de salir ya?
— No, volver a casa es peor que esto. — Con Danny soy totalmente sincera, es la única persona con la que me abro y me expreso.
— No digas eso, allí fuera seguro que te esperan muchas personas que te echan de menos.
— Sabes que no. No tengo familia ni amigos, no tengo razones por las que vivir…
— Con más razón todavía. Cuando salgas podrás empezar una nueva vida de cero. — Danny sabía de sobra que no terminaba de convencerme. — Si no lo haces por ti, hazlo por mí.
Ahí me había dado. Tal vez para el doctor Stewart yo solo sea una más de sus pacientes locas, pero él para mi se había convertido en mucho más. Era una pena que estuviera prometido con su novia.
— Ahora — Continua antes de que yo pueda responder — levántate para que pueda hacerte una última revisión.
Me levanto lentamente y empiezo a quitarme la ropa. Eso de quedarme desnuda delante de alguien era algo incómodo, pero hacerlo delante de Danny me avergonzaba mucho más.
Me pongo encima y espero unos segundos. Ya está. Danny vuelve a su mesa donde toma por última vez mis datos.
— 1’65m, 48’7kg. — A mí esas palabras me duelen como puños, pero él siempre sabe tranquilizarme. — Estás estupenda El, — Danny es la única persona que sigue llamándome así — ¿Recuerdas cuando viniste aquí por primera vez hace 6 meses? A penas pesabas 40kg. Eres muy valiente, muchos dudaban de que pudieras recuperarte.
— ¿Es que estoy recuperada? — Contesto yo, con una pequeña sonrisa porque sé la respuesta.
— Ya hemos hablado de esto antes…
Sí, él ya me había dicho antes que nunca más volvería ser una chica de verdad, pero siempre me recordaba que debía intentarlo para ser lo más normal posible, aunque ambos sabemos que eso es muy difícil.
El reloj marca las 18:45. Se supone que el señor y la señora Thompson vienen a por mí a las 19:00, ¿se acordarán esta vez de venir?
— Danny — rompo el silencio para despedirme — quería darte las gracias por todo lo que me has ayudado en esto meses…
Esas palabras salen de mí con una vocecilla muy tímida, pero él me responde con la mejor de sus sonrisas, como siempre.
— No tienes que agradecerme nada, solo prométeme que estarás bien y que te cuidarás.
— Te prometo que lo intentaré. — ¿Cómo no iba a prometerle algo a esos enormes ojos azules?
— Bueno, por ahora eso me vale. Recuerda que puedes venir a verme siempre que quieras.
Y después de estas palabras, Danny se acerca a mí y me da un beso en la frente, de despedida.
Me levanto de la silla y me dirijo a la puerta. Voy a salir cuando me giro por última vez y Danny me guiña un ojo. “Al menos me iré con una pequeña sonrisa”, pienso.